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Libertad de expresión contra buen gusto

Estimado señor Toledo, Bardem y resto de ínclitos acompañantes en la reunión del 22 de mayo de 2018:

Quizá el problema en la tan traída y llevada polémica generada por el señor Toledo (que mencionaba algo sobre hacer de cuerpo en la figura divina de Dios y la Virgen María) esté basada en su desconocimiento de lo que es la libertad de expresión.

En primer lugar, dado que usted parece no haberse molestado en documentarse, voy a transcribirle lo que dice la ley de la Unión Europea (que no es sospechosa de ser forofa de leyes mordaza) sobre la libertad de expresión.

El artículo 10 del Convenio Europeo de Derechos Humanos, en su segundo punto, dice sobre la libertad de expresión:

2. El ejercicio de estas libertades, que entrañan deberes y responsabilidades, podrá ser sometido a ciertas formalidades, condiciones, restricciones o sanciones, previstas por la ley, que constituyan medidas necesarias, en una sociedad democrática, para la seguridad nacional, la integridad territorial o la seguridad pública, la defensa del orden y la prevención del delito, la protección de la salud o de la moral, la protección de la reputación o de los derechos ajenos, para impedir la divulgación de informaciones confidenciales o para garantizar la autoridad y la imparcialidad del poder judicial.

Usted, señor Toledo, con ánimo torticero, tratando en vano de defender unas palabras que no tienen defensa posible, se ampara en la libertad de expresión, prostituyendo el término con la finalidad de poder perpetrar cualquier atentado verbal que se le pase por la cabeza y dispararlo desde su boca, pretendiendo con ello no sufrir consecuencia alguna.

Quizá sea porque desconoce también el significado de las palabras respeto, tolerancia o vergüenza (por añadidura, torera, que es algo muy español). Debería consultar el diccionario de la RAE para cerciorarse de ello.

En cualquier caso, estimado señor Toledo, para evitar que peque usted de iletrado, le pondré un ejemplo práctico:

Yo puedo decir (o escribir): “el señor Toledo me resulta una persona superflua”. Esto es, traducido a lenguaje vulgar, que usted me importa un pimiento. Es una opinión personal amparada por la libertad de expresión que se basa en el respeto, la tolerancia y el derecho a verbalizar o escribir, sin ataduras, lo que uno considera oportuno. Puedo decirlo (o escribirlo) sin temor a que usted me lleve ante un tribunal, pues no le he ofendido ni le he faltado el respeto.

En cambio, si sigo su ejemplo y digo (o escribo): “me cago en el señor Toledo”, estaría ofendiendo a su persona, por lo tanto, usted podría sentirse dolido en su fuero interno o considerar que esta injustificada manera de expresión pública daña su imagen, por lo que podría emprender acciones legales. Obviamente, yo jamás diría (o escribiría) algo semejante, salvo para que comprenda usted el ejemplo entre libertad de expresión y ofensa pública.

La libertad de expresión no es una herramienta pensada para que cualquier mindundi pueda ofender a propios y extraños, escapándose de rositas, sino que encuentra, como todas las leyes, su frontera en el momento en que vulnera el derecho de los demás.

Dicho esto, le animo encarecidamente, dado que ha practicado la defensa del estado de Cuba en reiteradas ocasiones, a que se marche a vivir a la isla caribeña en la que la libertad de expresión es absoluta (contrariamente a lo que sucede en España), y resida allí el resto de sus días, dejándonos a los demás ciudadanos tranquilos de una vez por todas.

Suyo afectuosísimo,

este que suscribe.